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La última cosa que yo pretendería sería «mejorar» la humanidad. Yo no establezco ídolos nuevos, los viejos van a aprender lo que significa tener pies de barro. «Derribar ídolos» («ídolos» es mi palabra para decir «ideales»), eso sí forma ya parte de mi oficio. NIETZSCHE


Escoger como llamada a la lectura de este texto lo que ya es reconocible como el título de una de las películas más vistas de pseudoterror no ha sido trivial, es un guiño a la ambigüedad de las creaciones de Enrique Marty y una forma de resumir las miles de conexiones que se establecen en la mente del espectador al enfrentarse a ellas. Y es que su universo es un tótem representativo de múltiples estímulos culturales, desde los que podrían calificarse de serie B hasta los más ilustrados. Por otro lado, si hay algo que caracteriza al artista es ese sexto sentido, el no físico, el relacionado con la intuición, que él utiliza para poder crear, o sacar a la luz, toda una serie de obras cargadas de un barroquismo significante.

Marty pertenece a esa generación de artistas que, sin complejos, confiesa utilizar absolutamente todos los estímulos como válidos en su engranaje personal. El artista los integra con inteligencia en su obra, exprimiéndolos hasta el final, sacándoles toda la savia y dejando absolutamente claro que las diferencias entre alta y baja cultura son espectros de nuestra mente.

Para la muestra de la Sala Robayera, Enrique Marty presenta el Episodio V de All your world is pointless (Todo tu mundo carece de sentido), una serie de videocreaciones que profundizan en su pasión por Nietzsche y su idea de recuperar nuestro instinto dionisiaco por medio de constantes guiños o juegos sobre la idea del “eterno retorno”. Los cambios y mutaciones entre escenas reales e imaginarias sobre el filósofo se suceden en una especie de bucle y, con considerable sarcasmo e ironía, lo que en apariencia era una lectura totalmente nihilista de la vida por parte del filósofo, termina siendo leña para el fuego devastador de las doctrinas nazis.

Evidentemente, el empoderamiento que nos pide para llegar a ser un suprahumano (Übermensch) es un lugar de difícil acceso para los atormentados seres entre los que nos contamos la mayoría de los lectores. Y es precisamente en ese lugar donde nos topamos de lleno con el discurso más profundo y rotundo de la obra del artista.

Marty ha confesado en ocasiones haber sido una persona extremadamente miedosa en la infancia y ha llegado a narrar sus acciones catárticas con su propia familia para vencer esos temores aparentemente irracionales. Ese es el motivo por el que, con frecuencia, los representados son seres cercanos al artista, que aparecen descontextualizados y que, probablemente, habiten los nuevos lugares que tiene destinados para ellos en su subconsciente.

Consumidor incansable de películas de terror, de escenas de lo absurdo, no puede sino hacer comulgar esos registros de su mente con su gran pasión por la filosofía. Ante la obra de Marty, resulta evidente que posee una inteligencia privilegiada que puede llegar a bucear por lugares que a muchos les parecen extraños. Gracias a su multicultura, es capaz de establecer conexiones donde otros quedan paralizados ante el absurdo, y es ahí donde el artista tropieza con el humor, el humor de lo extraño, lo incomprensible.

Enrique Marty juega con la ventaja de su don para ver lo que para él es evidente, pero para la mayoría permanece oculto. Eso es lo que intenta mostrarnos, lo “siniestro” que es nombrado con el famoso término alemán Unheimlich, utilizado para describir la “extrañeza inquietante” o “lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado” y que, en el ámbito de la psicología, se relaciona con la angustia, lo fantasmal o lo pavoroso. Estudiado por Freud siguiendo los pasos del filósofo del Romanticismo Schelling, es un principio aplicable al grueso de la obra del artista, que parece profundizar en la oscuridad existente y —para él— evidente, en la sombra de las cosas (término que nos remite a su vez a otros psicólogos, como Jung). La cadena referencial de Marty puede aplicarse casi de forma infinita, de nuevo como un bucle del eterno retorno, pero pareciera que lo hace de un modo casi inconsciente, como si él mismo se convirtiese en un alquimista plástico, aportando ciencia donde aparentemente solo hay magia y viceversa, o como si surgiera de su expresión más sincera, como una pulsión irónica o un acto metafísico (1).

Quizá no podemos interpretar las obras del artista como un acto metafísico en el sentido más común, de maestro iluminado que canaliza lo superior, pero sí es cierto que le sitúan en un plano elevado de conocimiento respecto al espectador, que puede sentirse preso de una burla o broma cruel de extraña comprensión. En este punto es donde podemos considerar a Enrique Marty como un auténtico mentor que hila lo más tenebroso hasta llegar a encontrar una gran carga de humor en todo lo que acontece ante su mirada. Quizá sea un eslabón en esa cadena de artistas que sirven de espejo de nuestro lado más siniestro, un artista bufón (2) que se ríe de la decadencia moral, exacerbándola en una anatomía maltrecha y enferma, haciendo oda de lo esperpéntico, pero con una sensibilidad silente.

La ambivalencia, la ambigüedad o la contradicción, tan características del pensamiento nietzscheano, están presentes en casi todas las series del salmantino. Sin saber bien en qué, sin saber bien por qué, el espectador queda atrapado ante la obra de Marty, ya que siempre habrá alguno de entre esos mil retazos que componen su trabajo que conecte con lo más oscuro de su ser y le provoque en ocasiones rechazo y en ocasiones fascinación o, por qué no, una mezcla de ambos que le dejará paralizado, no sabiendo ante cuál de esas sensaciones mantenerse alerta o abandonarse. Los más inquietos probablemente se cuestionarán incluso si dejarse arrastrar por esas escenas e incluirse en ellas mentalmente, ya que, casi con certeza, forman también parte de su subconsciente. Posiblemente sientan una terrible tentación de tirar del hilo que asoma tras el primer impacto, el que se produce sin filtros, sin contextos, el que atiende a nuestro subconsciente y del que nos quedará realmente huella.

Hay una gran rotundidad en la forma en que Enrique Marty aborda la mutación de lo apolíneo en lo dionisiaco, que no existe solo en el propio Nietzsche, sino que la encontramos cuando nos descubrimos como verdugos de aquello que adoramos y comenzamos nuestro tránsito a ultrahumanos, un camino que pasa por salir del rebaño para alcanzar el empoderamiento, pero que no llega a su expresión total hasta que nos sentimos libres como un niño. Igualmente poderosas son las piezas que acompañan la proyección, algunas de las cuales pudimos ver en la Capilla de los Condes de Fuensaldaña (3), donde el artista desplegaba gran parte de su juego creativo, con un cuidado montaje que se tornaba casi obsesivo cuando nos adentrábamos en la instalación, casi de estructura militar, como si sus obras fueran unos guerreros de Xi'an descontextualizados de su verdad. Ahora bien, ¿cuál es su verdad si vivimos en un mundo despojado de un esquema lineal?

Obsesiva es, también, la pasión de Enrique Marty por visitar museos y salvaguardar la primera impronta de todo lo que se encuentra en ellos, descontextualizándolo, aún más si cabe, mediante el filtro de un encuadre fotográfico que a veces carece de calidad formal. Marty somete a todos esos ídolos de culturas lejanas y cercanas que habitan las salas de los museos a una puesta en escena totalmente desnuda, sin el apoyo de un mínimo contexto o circunstancia que los vista de gala para su presentación en masa, dejando que cada uno se (re)presente desgarradamente en una competición sin sentido, sin saber muy bien por qué están ahí. Ni siquiera queda eximido el propio filósofo, protagonista subyacente de todo el discurso y cercano a ser el alter ego del propio artista, a quien sumerge en ese bucle de repetición infinita de un infinito retorno y, como bucle del bucle, Zaratustra como alter ego del propio Nietzsche y el arte como herramienta para alcanzar la totalidad.

Cuando uno se enfrenta a los clásicos en la Historia del Arte (y todos sabemos que no existe visión más apolínea, con sus cánones y premisas), o visita ciudades con una fuerte carga histórica, es frecuente encontrar esculturas despojadas de alguno de los elementos que las dotaban de significado pero que, independientemente de esto, siguen siendo emblemas. Son emblemas de emperadores, de poder, de acontecimientos, pero si nos detenemos a pensar un leve instante, encontrarse a un Apolo al que le han robado su lira o con una mano fracturada, a un guerrero sin su lanza, no deja de tener una parte de ironía, o resultar, en cierto modo, algo grotesco. A veces las posturas, los escorzos a los que son sometidas al estar desprovistas de alguno de sus atributos, hacen que su factura quede en un segundo plano, y resultan inquietantes o, casi podríamos decir, en ocasiones, ridículas. Ahí entra en escena la mente de Enrique, capaz de hilar antes que nadie lo ridículo, el sinsentido, la falsedad de los mitos, ayudándonos a recuperar el instinto dionisiaco que nos hace reflexionar sobre lo absurdo de las estructuras de orden y poder.

Para concluir, volviendo a los puntos del inicio de esta breve aproximación al artista, quisiera destacar dos nociones a tener en cuenta a la hora de asomarse a la obra de Marty: primero, la tensión constante entre impulso y reflexión, que hace que sus obras estén auténticamente vivas; y en segundo lugar, la inconsciente elección del título de este texto, ya que, aunque en el fondo el guion de la película El sexto sentido no sea el más brillante del género de terror, se puede afirmar casi con seguridad que, en una coincidencia magistral, contiene muchas de las metáforas existentes también en la obra de Enrique Marty y, al verla, se experimentan la mayoría de esas sensaciones que forman parte del dejarse llevar por la obra del artista, incluyendo la risa, de terror o de humor. De lo que no hay ninguna duda es que al alejarnos de las piezas miraremos hacia atrás, no vaya a ser que una de ellas cobre vida, aunque solo sea en nuestra mente. O, quién sabe, quizá se haya despertado nuestra propia sombra al encontrarse con sus afines dentro de las salas y nosotros mismos seamos ya una de ellas.


(1) Acto metafísico si atendemos a una de las definiciones de Aristóteles para la Metafísica, que alude a ella como “la ciencia de las causas supremas”.

(2) Artista bufón por la dualidad del significado en sí de la palabra; por lo tragicómico, lo ambiguo y cruel de su figura, como pudieron serlo Goya, Solana, Daumier, Otto Dix o George Grosz.

(3) Alguien, creyendo que hacía algo bueno, liberó a las serpientes, instalación en el Museo Patio Herreriano, Valladolid, 2015.

· El sexto sentido. Algunas impresiones sobre la obra de Enrique Marty

© Noemí Méndez (2019)

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