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· le bastard. Anna Adell. Enrique Marty, cuando lo cotidiano se resquebraja (2018)

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Entrevistado por Anna Adell y publicado en “le bastard” en junio de 2018. Traducción de Teresa Martín / Jo Adams.


Esculturas fallidas, monumentos falsos, ídolos caídos, fanáticos e inadaptados, pies grandes y cerebros delirantes. Enrique Marty expresa una y otra vez la “sensación de fracaso” (Sense of failure se llamó una de sus exposiciones recientes), el absurdo y el malentendido que, lejos de obstruir el engranaje del mundo, lo lubrica. Pero no todo está perdido.

Si en algo cree este artista salmantino es en la catarsis, en que el miedo y la risa pueden reconciliarnos con nuestros fantasmas. Para ello dispone sobre su mesa de mezclas a filósofos, películas de serie b, al psicoanálisis y a artistas que como Ensor o Goya osaron radiografiar la farsa humana, la mascarada social. Y, lo más importante, en la primera pista registra una dramaturgia actuada por sus padres y amigos, pues lo siniestro no es más que el envés de lo familiar.

En torno a todo espíritu profundo va creciendo una máscara debido a la interpretación constantemente falsa de toda palabra, de toda señal de vida que él da, dijo quien sufriera una de las malinterpretaciones más terroríficas de la historia. Todo lo profundo ama la máscara y Marty ama a Nietzsche a pesar de mostrarlo sifilítico o beato, mujer o poseído, haciéndolo renegar de su misoginia y de su canto a la vida. El espíritu de contradicción que el filósofo alemán mantuvo consigo mismo, las sucesivas máscaras que fueron modelando su persona (ergo, máscara), es lo que ha interesado a un artista que explora la ambivalencia como propiedad inherente a todo símbolo.

De la polaroid a la acuarela, de ésta a la película de animación, del papel a la escultura e instalación… para regresar a la pared pero en forma de mural o como efluvio mental… El constante trasvase entre lenguajes secunda la riqueza conceptual de sus proyectos.


A.A.: Tus esculturas de látex acabadas al óleo muestran en su textura descarnada un aspecto enfermizo que, teniendo en cuenta tu admiración por Artaud y su teatro de la crueldad, me recuerda su descripción de la peste como metáfora del caos subterráneo que emerge desde el interior en forma de manchas, ampollas… y ya no puede ocultarse, corroyendo lo psíquico desde lo físico, y con ello el orden social.

E.M.: El mundo está enfermo y la sociedad es deforme y grotesca, y yo trabajo sobre la idea de hacer esto evidente. Siempre he tenido la sensación de que el cuerpo y la mente son la misma cosa y que se muestran y se relacionan con el entorno de la misma forma. Una pieza que he hecho hace unos años Dura Mater habla directamente de ello: la membrana que recubre el cerebro y la columna vertebral y que pone en conexión por vía neuronal nuestros pensamientos con nuestra respuesta física. En la novela El Golem de Gustav Meyrink, un personaje que odia profundamente a su padre traduce esto en forma de tuberculosis. Él mismo explica que no puede soportar tener dentro de si la sangre que ha heredado de su padre. Quiero trabajar sobre esto, sobre una casa ideal, perfecta, limpia, pero que esconde la mugre debajo de los muebles y esqueletos descompuestos en el armario.


A.A.: Has ido componiendo una liturgia personal con la que narras el ocaso de la civilización occidental: la Europa raptada por Zeus transformada en jinete apocalíptico, los heroicos Dioscuros pasan por “un momento delicado”, un cuervo le ha sacado un ojo al Poseidón de Artemision… Frente a la decadencia occidental, Artaud soñaba con regresar a un origen mítico que encontró en ritos ancestrales. Nietzsche, por su parte, fue a buscar en la Grecia presocrática su ideal cultural. Pero hoy ¿con qué modelo contamos?

E.M.: Tengo la sensación de que los modelos generales actuales son deleznables. En todas las épocas, el ser humano ha tenido una sensación de Apocalipsis, de fin de los tiempos y de degeneración. Rubens decía en sus cartas que a él le había tocado vivir en la peor época de toda la historia. Mucho antes los filósofos griegos se quejan de que la juventud está echada a perder y que la sociedad está podrida. Personalmente siempre he llevado en mi mente esto para salvaguardarme de estos pensamientos pero , irónicamente, no puedo librarme de ellos, así que, por lo menos actualmente creo que es muy importante fijarse en aquellos sujetos que cuestionan el mundo hasta sus cimientos.

Ahora estoy muy volcado en analizar cómo veían el mundo los artistas barrocos. Vivían en una época increíblemente convulsa y peligrosa y se las apañaban para tener una producción en la que bajo una capa de grandiosidad y celebración, convive un profundo pesimismo. Un pesimismo lúcido, crítico y simbólico, que no conduce a la derrota, sino todo lo contrario. Ellos también miraban a la Grecia clásica, cómo no. Y es hora de recoger ese testigo. Yo he tomado ese trabajo, el de demoler el mundo, descomponerlo y después escupirlo de nuevo con la esperanza de que en su caída, dando una voltereta en el aire se recomponga gracias a un Deus ex Machina repentino y absurdo.


A.A.: En un bello artículo, María Zambrano parangonaba al filósofo con el payaso: la pantomima del segundo (“el gesto fallido de querer apresar algo”, el “vacilante ir y venir”…) imita el acto de pensar. El filósofo, al alejarse mentalmente de su entorno inmediato tropieza con lo que tiene cerca. Nos conmueve esa lucha entre la libertad de pensar y la nada que se piensa. Has representado a menudo a los filósofos que más amas de modo bufonesco ¿para hacerlos más humanos, más vulnerables? ¿para hacer de sus conflictos reflejo de los nuestros?

E.M.: Los filósofos son seres aterradores, como los payasos. Precisamente hace muy poco tiempo, un resbalón en la calle me hizo caer al suelo y un amigo, al verlo, me dijo que no estoy preparado para vivir en el mundo. Esto me ha hecho pensar que es posible que la mejor forma de vivir en el mundo sea de una forma torpe, abrazando la estupidez. ya que el mundo es estúpido y grotesco. Fíjate en Nietzsche, en Artaud, en Schopenhauer… Parecen personajes de ficción, tienen unas características físicas que los hacen muy fácilmente reconocibles. Es como si estuvieran puestos ahí a la fuerza, como elementos discordantes, como un virus.

Ahora nos aflige el enorme problema de la corrección política que es una forma de censura cruel y sanguinaria porque es una censura que no viene de un poder dictatorial evidente, sino de supuestos buenos sentimientos. Esto deja muy poco espacio al pensamiento critico, que es fundamental.


A.A.: Una galería dentro de una galería, una calle transformada en escenografía fílmica, el simulacro dentro del simulacro… son recursos que has ido usando ¿El mundo como representación y nosotros meros figurantes? Será que, como leemos en El nacimiento de la tragedia, ¿nuestra conciencia acerca de nuestro significado apenas es distinta de la que unos guerreros pintados sobre un lienzo tienen de la batalla representada en el mismo?

E.M.: Es decir, que la existencia solo está justificada si es un fenómeno estético. Nietzsche se las apaña para hacer evidente en una sola frase el descrédito de la realidad. La estética, como rama filosófica hoy es perseguida en las Universidades. Quizá sea por lo que tiene de liberador, de peligroso e inquietante. Las vanguardias usaron lo inquietante como un elemento muy importante. Los surrealistas también, lo situaban en el duermevela. Dadá lo lleva a los terrenos del absurdo. ¿Inventaron algo? Creo que no mucho, solo captaron algo que los grandes artistas de todas las épocas ya habían sentido y utilizado, y esto sería que percepción y realidad son la misma cosa.


A.A: Continente y contenido suelen ir juntos en tus proyectos. Entrar en una exposición tuya supone entrar en un espacio mental, a veces laberíntico, a menudo plagado de sombras. Sean barracas de feria (La casa del alemán, 2005, MUSAC) u hogares iluminados por las luces de navidad (Stalker), lo que afloran son fantasmas, recuerdos transfigurados, obsesiones, lo siniestro… lo que forma parte de nosotros pero proyectamos en el otro… ¿Podemos hacer las paces con nuestra sombra, como pretendía Jung?

Ese es nuestro verdadero trabajo. Pretendo que mis obras tengan un significado especular para que el espectador se proyecte en ellas y haga la parte del trabajo que le corresponde. A fin de cuentas, cuando estamos en el espacio expositivo, nos encontramos en un continente que contiene otro y así sucesivamente. Quizá hasta el infinito, quizá no. Puede que llegue un momento en el que ya no hay nada más y entonces hemos descubierto el gran misterio. Me fascina pensar en que todo está contenido dentro de algo en un bucle.

No se trata de vivir sufriendo. Uno puede disfrutar de lo que le rodea. Vivir enamorado de las formas y los hechos, pero, a la vez estar en paz con la parte borrosa y oscura. Como artista tengo una responsabilidad y es la de enfrentar al espectador consigo mismo. Sacarle de su lugar confortable, de su familiaridad, y hacer que se mueva por un lado más peligroso pero mucho más fascinante. El mero hecho de ser artista ya es un acto definitivo, y requiere asumir una serie de cosas. No se puede perder el tiempo una vez que lo asumes.

http://lebastart.com/2018/06/enrique-marty/
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